miércoles 17 de febrero de 2010

Ensoñación (Cortesía de Itziar)


El escritor y su inmortalidad
Germán Uribe
Librusa - 3-noviembre-2003


 

Si mis congéneres me olvidan al día siguiente de mi muerte, poco me importa: los visitaré mientras vivan, inasible, innominado, presente en cada uno como están en mí los millones y millones de muertos que ignoro y que preservo del anonadamiento; pero si desaparece la humanidad, matará de verdad a los muertos.

Sartre




En alguna ocasión una persona que quiso matizar nuestro circunstancial encuentro de cóctel con una sugestiva muestra de curiosidad intelectual y entusiasta cortesía, me interrogó así: Dígame, ¿usted qué escribe? Y vaya si esa sutil inquietud, que en principio noté frívola, le creó preocupaciones a mi ánimo y esfuerzos a mi pensamiento. Porque al responder a la pregunta ¿usted qué escribe?, probablemente el escritor, ligeramente halagado, sólo piensa en mencionar aquello en lo cual trabaja en ese momento —un cuento, una novela, un poema—, o resuelva cortésmente zafarse con la respuesta clásica: poesía, novela, teatro.
Ahora bien, hay otra pregunta aún más embarazosa: ¿De qué trata lo que usted escribe? No estoy seguro de que lo mismo ocurra con todos los escritores, pero personalmente pienso que no hay nada más difícil que sintetizar o explicar una obra que nos ha costado el más abrumador y neurótico trabajo, o que todavía no concluimos ni tenemos clara, en el escaso lapso que dura una de esas miradas que en el fondo sólo dicen al fin y al cabo a mí que me importa y cuyo interés, si existe, termina en el preciso instante en que de entre los rumores de la reunión, aparece la voz de un nuevo contertulio que se aproxima trayendo consigo alguna nueva estupidez por averiguar.
Vamos pues, entonces, a transformar el qué escribe y el de qué trata lo que escribe, por la única pregunta válida que de paso nos puede acercar al alma misma del interrogado, respetándole celosamente su celosa condición de artista: Por qué escribe, puesto que su estilo y la materia de que trata al escribir, no son en últimas otra cosa que la consecuencia contingente del porqué. El porqué, pues, es lo esencial. Si se quiere llegar a la más honda interioridad del escritor, o si especialmente buscamos indagar la identidad metafísica de lo que escribe, más vale profundizar en las razones de su oficio, en los orígenes sicológicos de su delirante vocación, que en las indefinibles y caprichosas obras que él nos muestra. Por ello vamos a orientar en distinto sentido la inquietud de aquel circunstante de cóctel.
Digamos primero que la función del escritor es la de describir, enjuiciar, controvertir, aplaudir o condenar lo que ve o vive, observar sus sueños y los de los demás. Todos estos aspectos involucrados y con acentos mayores o menores en cada uno de ellos [describir, enjuiciar, controvertir, aplaudir o condenar a través de las palabras, que ensambladas en un plano totalizador hacen lo que comúnmente llamamos literatura], es en últimas decidirse, a partir de elementos subjetivos, a cambiar lo único absolutamente objetivo que rodea la conciencia del hombre: el mundo. Es decir, el escritor deviene en una conciencia que elabora la realidad. De allí lo acertado de la frase de Rulfo: Para ver la realidad se necesita mucha imaginación.
Por todo ello, no sería demasiado aventurado afirmar que el escritor es aquella persona que, luego de su fracasado intento por racionalizar su mundo a un grado tal que pueda entenderlo y definirlo en términos absolutos, termina subjetivando su propia realidad. Vuelca plenamente su actividad intelectual al plano subjetivo de las ideas, para concretar en novelas o versos su visión personal de un mundo objetivo y real, que para serle más comprensible y llevadero a él como hombre, y a todos los hombres con él, requiere del ejercicio imaginario de la creación libre.
Escribir, pues, y aquí viene un nuevo ingrediente, es la manera más libre de ver al mundo desde un ángulo particular y a partir de una concepción metafísica individual. ¿Cómo socializar, politizándola, esa creación individual? Ni siquiera forzando el hecho desde un decreto como el del realismo socialista se logró. Porque ya lo dijimos, escribir es el derecho de ver al mundo libre e individualmente, aunque tal visión comporte como consecuencia de sus motivaciones y sensibilidad, determinado compromiso social. Otra cosa muy distinta es la radical militancia política del artista. Allí es el hombre, acosado por su sensibilidad social o por sus necesidades materiales, el que se ve empujado para que la libertad de su oficio se ofrezca al servicio de ciertas causas. Y escribir es una forma libre de ver el mundo, insisto, porque podría decirse que en la creación literaria pura, la única opresión válida es la que proviene de la necesidad liberadora de expresarse, es decir, se escribe de verdad sólo por elección, porque de otra manera se lo sería por necesidad.
En ningún otro campo de la actividad humana se presenta con mayor fuerza y arrogancia el ejercicio de la libertad como en el de la creación artística. La creación y la libertad se hermanan en el artista, lo que a todas luces negaría la existencia de un creador que desempeñara su oficio por opresión.